jueves, 18 de agosto de 2011

Quédate conmigo ♥

Contemplaban las estrellas desde el balcón, apoyados en la barandilla.
-Decían que esta noche se verían estrellas fugaces con facilidad -dijo él sin dejar de mirar hacia el cielo.
-¿Y piensas pedir algún deseo? -contestó ella.
-No lo sé. ¿Debería hacerlo?
-Bueno... Si crees en ellos, supongo que sí.
Entonces él la agarró por la cintura y la apartó de la barandilla del balcón, colocándose en medio. Ella le dedicó una de sus sonrisas.
-Ya tengo lo que quiero. No hay más que desear.
Posó la mano que aún tenía libre sobre su mejilla y se acercó a ella para besarla, atrayendo su cara con una mano y su cuerpo con la otra, abrazándola.
-Te quiero -susurró ella al separar sus labios de los de él.
-¿Y pedirás algún deseo? -le respondió acariciando su mejilla. 
-¡Una estrella fugaz! -dijo ella sobresaltada señalando hacia el cielo, tras él.
Sonrió y se giró para verla pasar y, cuando se volvió, ella tenía los ojos cerrados. Los abrió y le miró.
-¿Qué has pedido? -preguntó él.
-¡No te lo diré! Eso trae mala suerte y no se cumple. ¡Hasta podría pasar lo contrario!
-Bueno, bueno... ¿Y crees que se cumplirá?
-Eso depende de lo que quiero.
-No te entiendo. ¿Qué es lo que quieres? -le dijo confuso.
-A ti -contestó ella, sonriéndole. 
-¿Y no puedo saber lo que has pedido?
-Puede que lo sepas algún día, pero yo no te lo diré. Incluso puede que ya lo sepas y no te hayas dado cuenta de que lo sabes.
-Me estás liando, eso es lo que sé. -dijo él riéndose.
-Son sólo palabras. Además, de momento se está cumpliendo mi deseo.
-¿De verdad?
Se abrazó a él sonriendo, pensando que aquello la hacía feliz y que su deseo se podía cumplir. Él le dio un beso en la frente, le acarició el pelo y no hizo más preguntas al respecto; simplemente se limitó a estar con ella. Cumplía su deseo sin saberlo.

* Quédate conmigo y no me dejes nunca... Ya tengo lo que quiero, lo que ahora deseo es no perderlo *

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martes, 16 de agosto de 2011

Trabajaron codo con codo en la cocina, lavando y secando, bajo la influencia de los últimos coletazos del champán. Will ya se había pasado al whisky. Ambos se sentían contentos fuera de la rutina, y la simplicidad doméstica de lavar los platos tenía el efecto de un bálsamo.
Will no lo había planeado -reflexionaría sobre ello más tarde-, pero en lugar de alargar el brazo para coger el siguiente plato le puso la mano en el culo y empezó a acariciarlo suavemente con pequeños círculos. Mirándolo en retrospectiva, tendría que haberlo visto venir. (...)
Nancy tenía las manos dentro del agua jabonosa. Las dejó allí, cerró los ojos y no hizo ni dijo nada.
Will la obligó a girarse y ella no sabía qué hacer con las manos. Al final las puso mojadas sobre los hombros de él y dijo:
-¿Piensas que esto es buena idea?
-No, ¿y tú?
-No.
La besó y le gustó cómo sabían sus labios y cómo se relajaba su mandíbula. Le puso las dos manos en el trasero y sintió la suave tela de los tejanos. Su cabeza empezó a nublarse de deseo. La apretó contra sí.
-Hoy han venido a hacer limpieza. Hay sábanas limpias -susurró.
-Tú sí que sabes cómo cautivar a una mujer. -Ella quería que sucediera eso, Will lo veía claro.
Cogío su resbaladiza mano y la condujo hasta el dormitorio, se dejó caer sobre la colcha y la puso a ella encima.
Estaba besándole el cuello, en el que bullía la sangre, y explorando debajo de su blusa, cuando ella dijo:
-Nos vamos a arrepentir de esto. Va contra toda...
Will le tapó los labios con la boca, después se retiró para decir:
-Mira, si de verdad no quieres, podemos retroceder unos minutos en el tiempo y acabar con los platos.
Nancy le besó, era el primer beso que le daba ella.
-Odio lavar los platos -dijo.


-Glenn Cooper, La biblioteca de los muertos-

lunes, 15 de agosto de 2011

Nunca ha sido una chica de esas con un cuerpo de muerte ni de las que él encontraba normalmente en una discoteca al salir un sábado cualquiera por la noche. Pero ella lo prefiere así.
No quiere ser alguien con la que él sólo quiera pasar una noche, de esas que sólo le atraen físicamente, como muchas que pasaron por su cama para irse antes de acabar la noche; tampoco el juguete del que se puede olvidar al ver otro mucho mejor o más bonito. Quiere que la mire a los ojos, como solo él sabe hacerlo, y quiera quedarse a su lado, que recuerde su nombre y su voz... No se gusta a sí misma, pero quiere que él le diga que está equivocada y que sea quien le haga cambiar de opinión. Quiere ser especial y no simplemente una más. Quiere que la quiera tal y como es, gracias a sus pocas virtudes (piensa ella) y a pesar de sus muchos defectos. Quiere ser especial, que la quiera con él para no dejarla ir. Quiere que la eche de menos cuando no esté junto a él.
Es lo que ella siente, eso y mucho más, pero aunque sean cosas que quiere, no son cosas que espere a cambio del amor que siente, que intenta demostrarle y le da.

Una vez, hace mucho tiempo, ella creyó en los príncipes azules y chicos de ensueño, pero dejó de hacerlo. Ya no quiere nada de eso.
Ahora, y desde que le conoció, lo que quiere es estar junto a él. Puede que él sienta lo mismo, tal vez no... Sólo es consciente de lo enamorada que está y de que desea vivir el presente con él, crear un pasado lleno de recuerdos a su lado y piensa en la posibilidad, por mínima que sea, de tener un hueco en su futuro... Un futuro que compartir con él.

Aunque tal vez quiere demasiado y puede que se aferre con más fuerza de la que debe a lo que tiene...
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domingo, 14 de agosto de 2011

Tus ojos.


Paseaban por un parque, cogidos de la mano.
-¿Sabes qué?
-¿Qué? -él la miró esperando oír algo que le sorprendiera. Ella le devolvió la mirada y sonrió, como una niña ilusionada con algo que contar a los demás, con algo que compartir con una persona especial.
-Mis ojos cambian de color, ¿te habías dado cuenta?
Él no contestó, simplemente continuaba mirándola, a los ojos, como si por mirarlos el color les fuera a cambiar.
-Es verdad. -contestó tras unos segundos- Ahora son verdes, pero ayer los tenías azules y otras veces parecen grises. Debe ser por la luz.
-¿Te gustan? -preguntó ella sin dejar de sonreír. Su cara redonda, su pelo rizado, el brillo de sus ojos y su sonrisa le daban un aspecto dulce y a su vez un tanto infantil para alguien de su edad.
-¿El qué? -él frunció el ceño, como si hubiera perdido el hilo de la conversación.
-Nada.
Ella se rió, le soltó la mano y adelantó para caminar unos pasos por delante de él. Estiró los brazos por detrás de su espalda, se cogió las manos y miró al cielo sin dejar de caminar. Él aceleró el paso para alcanzarla y se puso delante de ella, agarrándola por la cintura.
-¿Qué? -dijo ella mirándole, esbozando ahora una pequeña sonrisa burlona.
-Sí que me gustan. -contestó él mirándola a los ojos y atrayéndola hacia sí.
-¿El qué?
-Tus ojos.
-¿Mis ojos?
-Y tú. -añadió sonriendo.
-Seguro que habrás visto chicas mejores y con ojos más bonitos. -le sacó la lengua y él reaccionó abrazándola con fuerza por la cintura.
-No. -le susurró al oído
-No me lo creo. -dijo ella. Era verdad, no se lo creía. Pero quería que él le hiciera creerlo.
-Te quiero a ti. -respondió él. Dio un paso atrás para mirarla de nuevo a los ojos, pero ella desvió la mirada.
Él subió las manos hasta el pelo de ella, acariciándole. Ella le miró e hizo lo mismo, rodeándole el cuello en un abrazo.
-A mí me gustan tus ojos. -le dijo sonriendo de nuevo.
-A mí también. -contestó ella volviendo a sonreír.
-¿Ah, sí?
-Claro. ¿Sabes por qué?
-No. ¿Por qué?
-Porque gracias a mis ojos puedo ver los tuyos. Y eso me hace feliz.

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