Trabajaron codo con codo en la cocina, lavando y secando, bajo la influencia de los últimos coletazos del champán. Will ya se había pasado al whisky. Ambos se sentían contentos fuera de la rutina, y la simplicidad doméstica de lavar los platos tenía el efecto de un bálsamo.
Will no lo había planeado -reflexionaría sobre ello más tarde-, pero en lugar de alargar el brazo para coger el siguiente plato le puso la mano en el culo y empezó a acariciarlo suavemente con pequeños círculos. Mirándolo en retrospectiva, tendría que haberlo visto venir. (...)
Nancy tenía las manos dentro del agua jabonosa. Las dejó allí, cerró los ojos y no hizo ni dijo nada.
Will la obligó a girarse y ella no sabía qué hacer con las manos. Al final las puso mojadas sobre los hombros de él y dijo:
-¿Piensas que esto es buena idea?
-No, ¿y tú?
-No.
La besó y le gustó cómo sabían sus labios y cómo se relajaba su mandíbula. Le puso las dos manos en el trasero y sintió la suave tela de los tejanos. Su cabeza empezó a nublarse de deseo. La apretó contra sí.
-Hoy han venido a hacer limpieza. Hay sábanas limpias -susurró.
-Tú sí que sabes cómo cautivar a una mujer. -Ella quería que sucediera eso, Will lo veía claro.
Cogío su resbaladiza mano y la condujo hasta el dormitorio, se dejó caer sobre la colcha y la puso a ella encima.
Estaba besándole el cuello, en el que bullía la sangre, y explorando debajo de su blusa, cuando ella dijo:
-Nos vamos a arrepentir de esto. Va contra toda...
Will le tapó los labios con la boca, después se retiró para decir:
-Mira, si de verdad no quieres, podemos retroceder unos minutos en el tiempo y acabar con los platos.
Nancy le besó, era el primer beso que le daba ella.
-Odio lavar los platos -dijo.
-Glenn Cooper, La biblioteca de los muertos-
No hay comentarios:
Publicar un comentario